Yo de mayor quiero ser frase recurrente, nervio de acero, leyenda artúrica y visitante asiduo de la isla de Eea y que Circe me invite a su lecho sin hechizos de por medio. Tener un ático en Malá Strana entre techos de tejas rojas y secretos susurrados en checo. Ser Cipión y que Berganza me dé palique toda la noche desentrañando miserias humanas como quien pela una naranja.
Quiero ser mi propio dardo en la palabra
y lanzarlo con puntería quirúrgica, ser Mycroft Holmes y manejar los hilos sin
levantarme del sillón, o ser el teniente B.F. Pinkerton y no arrepentirme de
nada. Testaferro que no se entera, quiero ser el Dr. Fleischman, Rigoletto con
su risa torcida o, mejor, Mastroianni con su sonrisa de domingo. Quiero ser
manzana envenenada en el cuento de alguien que no sepa si morder o no.
El quinto evangelista, el que cuenta las
veces que se repiten las mismas palabras en un debate, munícipe por
antonomasia, prócer de un país que nunca existió. Poder en la sombra o sustrato
de un ciprés sólo para darle sustancia a la melancolía. Señalar de defectos
ajenos, adverbio, ungir los santos óleos y crear frases lapidarias que se atribuyan
a Churchill.
Quiero ser primus inter pares, un amoral
en ejercicio, el que rompe simetrías por diversión. Don Roberto, el maestro, o
quizás ser un simple vaivén mecido en tus brazos. Punto de inflexión en la
historia de los que me rodean, juglar de Enrique VI o un paraboloide
hiperbólico, que suena a geometría, pero es pura contradicción poética. Ser la
Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad; último recurso, último
sorbo, último aliento.
Y también quiero ser monstruo bajo la
cama de quienes no tienen conciencia; reafirmante de muslos y glúteos, porque
la vanidad también merece un profeta. Frase fuera de contexto y vicetiple
secundario en la opereta de mi propia vida. El que le pone apellidos a los
colores y nombres a los huracanes.
Cliente que cree llevar la razón, la voz
del mar que susurra hasta cuando se enfada. Quiero ser un Ribera del Duero, el
que vende algo por el increíble precio que aparece en pantalla; un licántropo
sin mala intención, un tipo atormentado, solitario, con un pasado oscuro, pero
bien editado. Masón y templario, penitencia que viene con su propio pecado.
Quiero ser juez y parte, transgresor,
viento del norte y voto útil pero de verdad. Recuerdo imborrable, superstición
que se cumple, voz en off que narra lo que otros no quieren ver. Ciudadano de
pleno derecho, conspirador judeomasónico y oligarca, porque alguien tiene que
serlo. Soltero exigente, Mesías a tiempo parcial y jinete del Apocalipsis los
fines de semana.
Quiero ser un buen resumen, una fiesta
pagana, un efecto placebo. Creador de caos y destrucción con un toque de
ironía. Perverso converso, salvapatrias sin bandera. Y flecha que indica el
camino, aunque no tenga muy claro hacia dónde.

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