miércoles, 31 de julio de 2013

Cuento a golpe de Tuit*


En el convite de boda repartieron tortas del Casar y aquello acabó a bofetadas. Mientras, el más listo, se afanaba metiendo picos camperos en tan cremoso manjar, escena que no pasó el filtro de la censura de la época ya que la hambruna reinante no permitía exhibiciones de opíparos banquetes nupciales.

Aquello aumento el mito que fue chocolatemente devorado y machacado por la prensa fucsia, por lo que se retiró a un convento donde puso a prueba las yemas de sus dedos y dejó de ser un mantecato. Vivía entre plumas de Santa Teresa sin jamás encontrar ni tinta ni papel; aún así dejo versos impresos en el aire. Versos que, al ser respirados, inspiraban sensaciones únicas que envolvía de misticismo a todo aquel que se veía afectado.

La atmósfera fue incapaz de sostenerse impasible. Ante tal arroyo de pureza, se derrumbó en lágrimas bohemias que cayeron acariciando los muros de aquel desvencijado edificio arrastrando las máculas del tiempo. 

Allí se celebró la ceremonia, entre paredes derruidas, relojes de arena ennegrecida y una delgada línea de viento, tras la cual el monasterio volvió a su silencio. Solo el ruido de la fuente y el arrastrar de sandalias se hacían eco mientras se escuchaba el susurro de las dalias santas inclinándose como acto de fe...




*Este cuento es la transcripción casi literal de un intercambio de trece tuits entre @benynya y yo mismo. No le busques sentido, no lo tiene. 





viernes, 19 de julio de 2013

Una entre Cien Mil...


En ocasiones hago fotos y muy de vez en cuando la imagen que resulta me     trasmite algo por lo que merece la pena guardar ese instante capturado. Creo que las mejores fotos son fruto de la casualidad, de un momento preciso, de una alineación de cerebro, ojo, dedo y disparador que da como resultado algo inesperado.

jueves, 27 de junio de 2013

Cuenta la leyenda...

En la esquina de un local casi vacío, con la mirada dispersa, reposando la cabeza sobre la mano y con el amargor del último sorbo de café en la boca, cayó en sus pensamientos sin darse cuenta. 
Ya dentro de sí, descubrió un mundo de cosas que ni siquiera sabía que estuvieran ahí. Todo parecía desordenado, sin lógica. El orden al que estaba acostumbrada de ojos para afuera no se reflejaba ni por asomo en aquel fantástico cajón de sastre. Un hilo conductor le guiaba en su paseo visitando las distintas estancias donde se conservaban sus recuerdos y se iba puliendo su forma de pensar, de hacer, de vivir.
Al terminar el recorrido decidió que había que organizar todo aquello, que no podía permitirse tal desorden, que nunca iba a poder encontrar un recuerdo o un dato que necesitara. Se puso manos a la obra con muchas ganas, pero pronto se dio cuenta que la tarea iba a ser muy dura, tanto que posiblemente no iba a terminarla en un día, ni siquiera en una semana, quizá en una vida.
Se relajó y se sentó a mirar. En ese momento todo empezó a moverse con cierta cadencia, con cierto sentido, cada elemento tenía un sitio, las convicciones, las opiniones, los recuerdos, los retales de recuerdos, las líneas de pensamiento que parecían rotas... todo.
...
¡Bip, bip!... Un nuevo mensaje llega al móvil... Vuelve a su realidad, a su pequeño cerebro de apenas 75 cm2 donde cabe todo, agenda, amigos, contactos, fotos, mensajes de aquí y de allá, todo perfectamente ordenado. O quizá no. En su cabeza ya no hay ni cadencia ni ritmo, solo un monótono ir y venir.
...
Cuenta la leyenda que un día no había móviles y que las cosas importantes estaban ordenadas y accesibles. Y había tiempo para quedarse  colgado en los propios pensamientos y reflexiones sin esperar respuesta.


(Relato inspirado por @ydeverde... )

viernes, 10 de mayo de 2013

Soy Aparejador...

... o Arquitecto Técnico o Ingeniero de Edificación, como se quiera decir. Me ha llevado mi tiempo sacar la carrera, sí, pero lo conseguí. He estado ejerciendo diversas funciones relacionadas con mi titulación durante más de quince años trabajando por cuenta ajena. Una vez conseguido mi título me colegié y empecé por mi cuenta. 

La visión general de la gente es que constructores, arquitectos y aparejadores, forman parte de una especie de club pirata donde se reparten pingües beneficios de oscuros dineros. Concejales de urbanismo, técnicos municipales y profesionales sin escrúpulos son la imagen de un gremio, el de la construcción, cada día más desprestigiado. Es el mal de la generalización en el que todos caemos en algún momento.

Pues yo quiero decir algo al respecto. Un aparejador titulado en este país está muy cualificado, mucho más que en cualquier otro país. Trabajamos para poder conseguir los mejores precios, los mejores materiales y la mejor ejecución para vuestras obras. Pensamos la obra desde su inicio hasta su final, planificando cada día, cada tajo, cada oficio con minuciosidad. Tenemos en cuenta la seguridad en el trabajo antes y durante la obra. Somos capaces de improvisar soluciones constructivas válidas en muy poco tiempo que reducen costes, reducen tiempos y mejoran la calidad. Y velamos por los intereses de quien nos contrata porque en ello va nuestro prestigio.

Estamos en un mercado libre. Cada cual puede poner los precios que crea conveniente. Esto es así. Un aparejador autónomo paga los gastos de colegiación, de visado, de seguridad social obligatoria, de seguro de responsabilidad civil obligatorio, los costes de las visitas a obra... etc. A esto hay que sumar el margen de beneficio, porque yo no trabajo por amor al arte ¿o tú sí lo haces? 
En estos tiempos es difícil conseguir trabajo, lo sé, y eso está llevando a una competencia feroz que hace que aceptemos cualquier mierda a cualquier precio. Nuestra opinión es constantemente cuestionada, somos considerados un mal obligatorio y en algunos casos quien nos contrata considera que estamos a su servicio 24 horas al día 7 días a la semana. No hay dinero en el mundo para pagar un minuto de mi tiempo, pero puedo ponerle precio siempre que sea digno y justo. 

Soy un profesional, no un esclavo. Aparejador y Autónomo, así, con mayúsculas. No estoy dispuesto a vender mi profesión y mucho menos mi dignidad. Prefiero dejar de ejercer y buscarme otro oficio.

lunes, 29 de abril de 2013

En el jardín del museo...



No estaba cómoda en la caja. Entre las paredes de madera aglomerada, marcada con el número 117/365 y envuelta por una gruesa capa de bolas de porexpán que la protegían y la sujetaban, un ligero mareo la emborrachaba por culpa del viaje y tenía ganas de salir de su habitáculo.

Tras un breve rato de silencio, empezó a oír ruidos a su alrededor. Puertas que se abren, lonas que se retiran, cajas que se mueven... Por fin le tocó el turno. Abrieron su caja a golpe de palanca... ¡CRAC!... ¡CRAC!... las bolas de porexpán se esparcieron por el suelo y el sol marcó sus contornos.

La transportaron con cuidado sobre un pequeño carro con ruedas. Tenía ganas de saber dónde la iban a colocar y fue feliz al observar que, esta vez, estaría al aire libre, sobre una pradera verde, rodeada de fuentes discretas. La colocaron con mimo, bien orientada, con una buena panorámica y en un lugar bien visible. Estaba muy contenta.

Pasaron los días, esos días primaverales de sol discreto que lo mismo te abrasas que te hielas, y un nuevo transporte llegó al museo. Después de un largo rato viendo cómo iban sacando bultos y cajas se fijó en una de ellas. Era un chico sentado tocando lo que parecía una guitarra de textura lisa y suave, color bronce y una peana proporcionada. Desde el primer momento deseó que la colocaran junto a ella y fue muy feliz cuando se dio cuenta de que así era. Viendo las dos figuras juntas daba la impresión que el tocaba para ella. Y así estuvo todo el verano.

El otoño se acercaba. Es tiempo de exposiciones temporales y otros eventos en el museo. Una tarde plomiza una pequeña grúa se acercó a su rincón. Dos operarios del museo ataron con cinchas la estatua, la colgaron del gancho y la grúa tiró arrancando al guitarrista del suelo dejando la huella cuadrada de la proporcionada peana que lo sostenía. Ella vio cómo se alejaba, el, su guitarra, su música, su compañía... Y comenzó a llover.




*Esta historia se inspira en esta foto. Os dejo la página de la autora... http://www.aliciamorenomartin.com

martes, 23 de abril de 2013

Fue un Domingo de Ramos...

Estaban en Monreale, Sicilia. Habían llegado dos días antes de madrugada a Palermo y ya en su primer paseo, les habían recomendado visitar este sitio. 

Un día señalado como éste no difiere demasiado en una pequeña ciudad italiana de lo que puedes encontrar en cualquier pequeña ciudad española. La gente vestida de domingo, de Domingo de Ramos, que es más todavía. Sus mejores galas, su predisposición a ver y a ser visto, su tomarse en serio las fiestas de su pueblo... 

Seis turistas seis, pertrechados con sus mejores galas de culturetas, bolsete en bandolera, camiseta cool, sin chanclas ni bermudas eso si, salieron hacia Monreale a pasar el día con esa intención tan de turista, de querer empaparse del sitio a donde vas y luego decir que en tu pueblo se come mejor, hacer comparaciones del pan, el agua y los dulces y otras paletadas tan nuestras.

Uno de los atractivos de Monreale es la Catedral del siglo XII de un estilo peculiar árabe-normando. Imaginad por un momento cómo podía estar la Catedral al mediodía de un Domingo de Ramos. Contratiempo éste que unos turistas culturetas, pero ateos, no habían previsto. Tras deliberar un rato y obviando que se encontraban en la isla donde nació la mafia, dos de ellos decidieron que la mejor forma de ver la iglesia era que les dieran una hostia y se fueron decididos hacia la cola de la comunión. Veinte largos minutos recorriendo gran parte de la iglesia haciendo fotos y siendo observados por los lugareños, no tanto por las fotos y si por su atuendo, que claramente desentonaba con el resto, y si por su actitud poco recogida ante tan magna ceremonia.

Al salir del templo, ungidos de mística y recién comulgados, se fueron a comer. Disfrutaron de deliciosas pizzas, estupenda pasta a le vongole, la cuaresma ya sabéis, canolis y ristretto. Comentaron y rieron con la situación vivida y la guardaron para contarla a la vuelta, como tantas otras, para castigo de los oídos ajenos.

viernes, 5 de abril de 2013

Hay ventanas...

... desde las que se ve un mundo.

Ésta, orientada al sur ligeramente inclinada al oeste, permite que, en días de sol, Madrid atardezca sobre mi ventana tiñendo de naranja la Gran Vía. 

Me asomo a la ventana por puro gusto para observar el hervidero desde mi atalaya. Empezando por mi izquierda, la entrada a la Calle de la Montera, con su bocacalle abierta y siempre repleta de gente, frente a un paso de peatones muy ancho donde con una frecuencia marcada por semáforos, se desarrollan pequeñas batallas napoleónicas con dos bandos enfrentados queriendo conquistar la otra acera. 

Sigo con la mirada los señoriales edificios que jalonan la calle, cada uno con su historia detrás. Algunos albergaron míticos locales, otros han cambiado su uso de viviendas a hotel, de hotel a oficinas... siguiendo los caprichos de modas y visionarios. Aunque la vida de esta calle siempre ha estado abajo, donde las tiendas, los cines, los cafés, el limpiabotas, los turistas, los paseantes.

Llego a la mitad de mi recorrido frente al antiguo Cine Avenida. Antes cine de postín donde presentaban los estrenos con su alfombra roja y sus estrellas, con sus cortes de tráfico y su gentío expectante y ahora convertido en otra insulsa tienda de ropa impersonal y sin estilo, en un señorial envoltorio para un contenido cutre. Al levantar la vista sobre la azotea puedo observar cúpula del reloj de la Puerta del Sol. Antes lo veía bien, pero ese banco verdoso decidió que el Palacio de la Música no era suficientemente espacioso y construyó una sala nueva sobre la azotea.

Por fin, orientándome hacia el oeste, se abre la Plaza del Callao, continuo deambular de gente y ocasional sitio de celebración de eventos desde su peatonalización. El Cine Callao, sitio donde se proyectó la primera película sonora en España, "El cantor de jazz" con sus pantallas escupiendo permanentemente anuncios de todo tipo, cervezas, coches, teatro, cine... Mientras, por encima de ellas, puedo ver el Teatro Real, la Almudena, el Palacio real y, al fondo, el Paseo de Extremadura.

Y al final de mi panorámica está el Capitol, ese edificio esquinero con su cartel de Schweppes multicolor. Uno de esos hitos sin los que la Gran Vía no sería lo mismo. Para mí, un privilegio.