lunes, 24 de marzo de 2025

Yo de mayor quiero ser

Yo de mayor quiero ser frase recurrente, nervio de acero, leyenda artúrica y visitante asiduo de la isla de Eea y que Circe me invite a su lecho sin hechizos de por medio. Tener un ático en Malá Strana entre techos de tejas rojas y secretos susurrados en checo. Ser Cipión y que Berganza me dé palique toda la noche desentrañando miserias humanas como quien pela una naranja.

Quiero ser mi propio dardo en la palabra y lanzarlo con puntería quirúrgica, ser Mycroft Holmes y manejar los hilos sin levantarme del sillón, o ser el teniente B.F. Pinkerton y no arrepentirme de nada. Testaferro que no se entera, quiero ser el Dr. Fleischman, Rigoletto con su risa torcida o, mejor, Mastroianni con su sonrisa de domingo. Quiero ser manzana envenenada en el cuento de alguien que no sepa si morder o no.

El quinto evangelista, el que cuenta las veces que se repiten las mismas palabras en un debate, munícipe por antonomasia, prócer de un país que nunca existió. Poder en la sombra o sustrato de un ciprés sólo para darle sustancia a la melancolía. Señalar de defectos ajenos, adverbio, ungir los santos óleos y crear frases lapidarias que se atribuyan a Churchill.

Quiero ser primus inter pares, un amoral en ejercicio, el que rompe simetrías por diversión. Don Roberto, el maestro, o quizás ser un simple vaivén mecido en tus brazos. Punto de inflexión en la historia de los que me rodean, juglar de Enrique VI o un paraboloide hiperbólico, que suena a geometría, pero es pura contradicción poética. Ser la Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad; último recurso, último sorbo, último aliento.

Y también quiero ser monstruo bajo la cama de quienes no tienen conciencia; reafirmante de muslos y glúteos, porque la vanidad también merece un profeta. Frase fuera de contexto y vicetiple secundario en la opereta de mi propia vida. El que le pone apellidos a los colores y nombres a los huracanes.

Cliente que cree llevar la razón, la voz del mar que susurra hasta cuando se enfada. Quiero ser un Ribera del Duero, el que vende algo por el increíble precio que aparece en pantalla; un licántropo sin mala intención, un tipo atormentado, solitario, con un pasado oscuro, pero bien editado. Masón y templario, penitencia que viene con su propio pecado.

Quiero ser juez y parte, transgresor, viento del norte y voto útil pero de verdad. Recuerdo imborrable, superstición que se cumple, voz en off que narra lo que otros no quieren ver. Ciudadano de pleno derecho, conspirador judeomasónico y oligarca, porque alguien tiene que serlo. Soltero exigente, Mesías a tiempo parcial y jinete del Apocalipsis los fines de semana.

Quiero ser un buen resumen, una fiesta pagana, un efecto placebo. Creador de caos y destrucción con un toque de ironía. Perverso converso, salvapatrias sin bandera. Y flecha que indica el camino, aunque no tenga muy claro hacia dónde.

viernes, 1 de enero de 2016

Año nuevo ¿vida nueva?

El año nuevo es la gran metáfora de la continuidad. Ese efímero sentimiento de cambio que no dura más que siete días tras doce uvas justo hasta después de llevar los papeles de los reyes al contenedor azul; ese efecto mágico que la medida del tiempo hace poner el contador a cero con cualquier excusa.

Todo parece empezar de nuevo, todo son buenas intenciones, grandes propósitos. Sin embargo, tras unos días con una fe ciega en nosotros mismos llega la realidad con su irritante manía de ponerse delante de nuestros ojos a devolvernos a lo nuestro, a nuestras rutinas, nuestros kilos de más y nuestra salud de cartón piedra, a volverlo todo gris.

Nos chupa en unas horas esa potencial energía que nunca llegará a ser cinética, que ha tardado apenas once días de euforia desmedida en ponerse a tope y que se irá perdiendo paulatinamente en los próximos once meses hasta que, al llegar las próximas vísperas se recargue de nuevo con esperanzas vanas para seguir de nuevo con la misma liturgia anual.

Y mientras, seguiremos viviendo, esperando, confiando, luchando y asumiendo lo que nos depare un nuevo año entre esos dos instantes.

No obstante... ¡Feliz año!

miércoles, 15 de julio de 2015

Cruce de palabras

El Café del Mercado, centenario e impermeable a los cambios, era un sitio amplio. Situado en una esquina de la Plaza de los arrumacos tenía dos fachadas de grandes ventanas cuadriculadas y una entrada de doble puerta que invitaba a pasar. Una planta rectangular casi perfecta, techos altos con lámparas sin alardes, suelo de tarima recia con los restos de la batalla del desayuno, mesas de forja y la vieja barra de madera con encimera de mármol que siempre tenía visitantes acoplados como gárgolas. Un café clásico de los de tertulia y personajes propios.

Esa mañana entró como cada día con su andar pausado, su aspecto desaliñado pero pulcro y su periódico bajo el brazo dispuesto a echar un rato en su rincón. Respondió a los buenos días con un gesto y esa media sonrisa que parecía una mueca. Alzó la mano para pedir el primer café, puso la chaqueta en el respaldo de la silla, se sentó y colocó el periódico sobre la mesa. Nadie le había oído nunca hablar.

“Llega el final de una etapa”, rezaba el titular principal de la portada. Se concentró en la lectura tranquila y minuciosa del diario. Las hojas pasaban lentamente. Hacía esa pausa con la página en alto para terminar con las últimas palabras del artículo, le parecía una descortesía dejarlas sin leer.

“No se puede vivir de recuerdos” decía en la sección local uno de los nuevos cargos electos. El titular llamó su atención, él tenía muchos en la mochila. Todas las cosas que había vivido le acompañaban. En otro tiempo contaba anécdotas, pequeñas vivencias maquilladas por el paso de los años que relataba con ese cinismo del que sabe que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Una tras otra las páginas iban pasando. Levantó la cara del periódico y miró a la barra para hacerle una seña al camarero. Poco después saboreaba su segundo café, el que marcaba el inicio del crucigrama. Sacó su Parker Vector de color negro, ese bolígrafo había completado tantos crucigramas que parecía que en lugar de estar cargado de tinta, lo estuviera de palabras.

“3 horizontal: Nombre de mujer que rima con tu buen humor… “. Seis letras… LEONOR

“5 horizontal: Tercer mes del antiguo calendario romano…”. Cuatro letras… MAYO.

Se quedó mirando al vacío un rato mientras daba otro sorbo al café. Esas dos palabras habían activado en su memoria muchos momentos felices. Al poco de casarse fueron a vivir a Madrid. Su cuñado le había conseguido un trabajo que le permitía alquilar una habitación y vivir con cierta dignidad. En aquel entonces vivir era más fácil, no se planteaban retos a largo plazo, se vivía un poco al día. A cada sorbo de café seguía un pasaje de sus vivencias, pensó que parecía que hubiera olvidado los malos recuerdos, que había sido siempre feliz hasta que… Se le ensombreció la mirada, dejó la taza y volvió al crucigrama.

“7 vertical: Donde se cruzan Santiago con la plata…” Siete letras… ASTORGA

“9 vertical: Flores revolucionarias…” Ocho letras… CLAVELES

Malditas palabras, pensó para sí. Él, que había vivido de ellas, con ellas… y ahora le estaban haciendo viajar a momentos que creía superados. Otra vez la mirada perdida, esta vez, los sorbos del café eran cada vez más amargos. En Astorga terminó su vida laboral, fue su último trabajo antes de jubilarse. Aunque nunca dejó de resolver crucigramas. Le mantenía vivo retarse a sí mismo buscando una definición original, un giro distinto. Pero aquel 25 de abril no fue capaz de hacerlo. Leonor murió y se llevó consigo todas sus palabras. Nunca volvió a usarlas, prefirió buscar su esencia a través de las definiciones. Pidió el tercero, quería prolongar el sabor de esos recuerdos.

El ruido de la puerta le hizo levantar la cabeza. Un vestido discreto y elegante envolvía los movimientos de aquella mujer cuya mirada se clavó en la mesa del hombre del periódico. No dejó de observarla hasta que llegó junto a él.

-¿Puedo sentarme?- dijo con voz dulce. Él asintió con la cabeza.

-¿Ya es la hora?- Preguntó.

-Sí.

-Termino el crucigrama y nos vamos.

Aquellas palabras resonaron en el café, no habían oído nunca su voz. Estaban perplejos, no entendían nada, ¿a quién hablaba?… Se miraban unos a otros preguntándose qué estaba pasando, pero nadie se atrevía a contestarle.

Cerró el periódico, apuró el tercer café y dejó unas monedas sobre la mesa. Se levantó y se puso la chaqueta que había dejado sobre el respaldo del asiento. Con su andar pausado se dirigió hacia la puerta, se despidió con su media sonrisa y un gesto con la cabeza. Abrió la puerta como si dejara pasar a alguien delante de él, -Usted primero, dijo. Y se marchó.

Al día siguiente, sobre el mármol de aquella mesa de forja en la que sólo se sentaba él cada mañana, un periódico abierto, tres claveles y una taza de café que nunca se tomará. Todos sabían que nunca volvería.

martes, 19 de mayo de 2015

Carta del subconsciente

Cuatro y cuarto de la mañana camino del aeropuerto. Vas de tal manera que parece que fueras por un pasillo que se va abriendo a cada paso que das y que está formado por gente que jalea tu situación, que se ríe y te insulta. No hay nada personal en sus gestos o sus palabras es sólo una forma de desahogo.

Hay pocas cosas más desagradables que hacer algo que no quieres hacer. Y es aún peor cuando ni siquiera puedo darte una razón absurda que justifique por qué lo haces. Crees encontrar consuelo en que otras personas no tienen tanta suerte, que están o han estado mucho peor, aunque en realidad, te importa una mierda lo que les pase a los demás. Al fin y al cabo siempre has sido un egoísta convencido.

Te ves a ti mismo en un juicio sumarísimo en el que se te acusa de crímenes contra la propia dignidad. Intentas construir un alegato para ese juicio imaginario, en el que tú mismo eres juez, fiscal y defensa, que reduzca una pena capital a un simple dar pena. Al fin y al cabo, es tan fácil perdonarse a uno mismo.

Llegas a tener tan bajo el concepto de ti mismo que hasta yo mismo me veo obligado a cogerte de la pechera y pegando mi cara a la tuya decirte con rabia: "¡Tío, o espabilas o me voy a otro consciente que no sea tan pringao! Pero tú te encoges de hombros y pones esa cara que no acierto a decir si es de derrota o de resignación. Y es que es muy triste que hasta tu subconsciente piense que eres un pringao. Es más, tu conciencia me ha dicho que desde hace un tiempo te ha retirado la palabra.

Así que, cargado de maletas y vacío de sueños, esperas el vuelo que te lleve a ese patíbulo, cuyo verdugo, el amor propio, te colgará de la cuerda de las circunstancias. Las circunstancias ¿eh? qué hijas de puta. 

lunes, 9 de febrero de 2015

En el aeropuerto

En el aeropuerto, un hombre llega con su mochila y una enorme maleta. Se ha sentado frente a mí, en esos bancos de asientos separados en los que no te puedes tumbar. Su expresión, entre cansada y crispada, denota impaciencia. El tamaño de la maleta me hace pensar que hace tiempo que no vuelve a casa. Viste informal, vaqueros, camiseta y jersey fino... Pero sus zapatos están sucios. Son unos Camper, el diseño es inconfundible. Y la etiqueta también. El caso es que están muy sucios, como si hubiera estado corriendo por un camino polvoriento; no parecen corresponder con el aspecto general.

Se ha tomado su tiempo para colocar las cosas a su alrededor. Todo al alcance de la mano, no sea que cualquier ratero le amargue la vuelta a casa. Se ha querido poner cómodo y ha puesto los pies sobre la maleta para poder tumbarse un rato y, de repente, ha torcido el gesto. Se ha visto los zapatos. De forma tranquila, ha recuperado la postura sentada y ha recolocado un poco sus cosas. Discretamente ha puesto su maleta delante de él. De la mochila, ha sacado unas toallitas y detrás del parapeto, se ha limpiado los zapatos con cuidado, sin ninguna prisa, sólo la llamada a embarcar le ha sacado del ensimismamiento.

Al levantarse ha recogido sus cosas, ha tirado las toallitas usadas a la papelera y se ha dirigido al embarque renovado, con paso firme y con los zapatos bien limpios... Seguro que le esperan en casa y todo el mundo sabe, que no se puede llegar a casa con los zapatos así de sucios.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Momentos

Ese momento en el que estás sentado en silencio, mirando al vacío, sin una idea fija en la que pensar. Ese momento en el que, al mismo tiempo que vas fijando el objetivo, negros nubarrones se van cerniendo sobre tu cabeza y te van haciendo fruncir el ceño, como si fuera la mirilla de un rifle que te sirve para apuntar y centrar toda tu rabia en un solo punto. Ese instante preciso en el que la tormenta se ha formado, tu objetivo está fijado y tu arma, tu rabia, está cargada. Y disparas, ves la trazada del disparo que con precisión milimétrica alcanza su objetivo. Y entonces te relajas, das una calada y te recuestas viendo como ese demonio se desmorona y muere.

miércoles, 31 de julio de 2013

Cuento a golpe de Tuit*


En el convite de boda repartieron tortas del Casar y aquello acabó a bofetadas. Mientras, el más listo, se afanaba metiendo picos camperos en tan cremoso manjar, escena que no pasó el filtro de la censura de la época ya que la hambruna reinante no permitía exhibiciones de opíparos banquetes nupciales.

Aquello aumento el mito que fue chocolatemente devorado y machacado por la prensa fucsia, por lo que se retiró a un convento donde puso a prueba las yemas de sus dedos y dejó de ser un mantecato. Vivía entre plumas de Santa Teresa sin jamás encontrar ni tinta ni papel; aún así dejo versos impresos en el aire. Versos que, al ser respirados, inspiraban sensaciones únicas que envolvía de misticismo a todo aquel que se veía afectado.

La atmósfera fue incapaz de sostenerse impasible. Ante tal arroyo de pureza, se derrumbó en lágrimas bohemias que cayeron acariciando los muros de aquel desvencijado edificio arrastrando las máculas del tiempo. 

Allí se celebró la ceremonia, entre paredes derruidas, relojes de arena ennegrecida y una delgada línea de viento, tras la cual el monasterio volvió a su silencio. Solo el ruido de la fuente y el arrastrar de sandalias se hacían eco mientras se escuchaba el susurro de las dalias santas inclinándose como acto de fe...




*Este cuento es la transcripción casi literal de un intercambio de trece tuits entre @benynya y yo mismo. No le busques sentido, no lo tiene.